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Publicado en el ya lejano 2001 (a España llegaría diez años después, gracias a Es Pop Ediciones), Fargo Rock City se ha convertido por derecho propio en un clásico de la literatura rockera. O más bien, de la literatura metalera, porque esta obra, a medio camino entre el ensayo y la autobiografía, es una disección del impacto cultural y mediático del denostado heavy metal ochentero, también conocido como glam metal o hair metal, ese género en el que los riffs de guitarra y la laca para el pelo compartían protagonismo.

Cinderella, dispuestos a reventar la capa de ozono.

 Chuck Klosterman creció en un pequeño pueblo de Dakota, en la América rural, y desde este contexto nos cuenta el vuelco que dio su vida cuando, a los once años, llegó a sus manos una cinta de casette (benditos 80´s) con el “Shout at the devil” de Motley Crüe. Quedó fascinado con el sonido pesado y la estética, entre agresiva y afeminada, que lucían Nikki Sixx y los suyos.

Entrelazando recuerdos de su aburrida vida pueblerina con brillantes reflexiones filosóficas sobre el sentido de las letras, el modo de vida de los grupos que admiraba y los videoclips (este último apartado le da mucho juego), el periodista, colaborador de medios tan importantes como Spin, The Washington Post o Esquirre, construye un texto que mantiene enganchado de principio a fin, sin necesidad de valerse de ningún hilo argumental ni de un relato historicista.

 

El autor, que ya no luce mucha pinta de heavy.

Grupos como Ratt, Warrant o Cinderella eran menospreciados por la crítica, pese a que (o quizá precisamente por eso) eran tremendamente populares en la época: el heavy era pop, afirma el autor. Lo curioso es que ni siquiera el paso del tiempo le ha dado a estas bandas un pátina de respetabilidad. Todo lo contrario, porque el glam metal parece ahora, más que nunca, un movimiento hortera y carente de la más mínima profundidad. Tanto es así, que incluso las grandes estrellas que un día coparon la MTV y realizaron giras multitudinarias, reniegan de un género del que apenas se ha escrito y del que nadie parece querer acordarse.

Libro a todo color con las mejores pintazas de la época, de edición posterior a Fargo.

Klosterman observó este vacio de obras dedicadas al género y decidió llenarlo para ¿defender? a todas esas bandas que marcaron su juventud. Pongo defender entre interrogantes, porque el autor no niega las miserias de un estilo que, consciente o inconscientemente, se alineaba con los ideales de la era Reagan y mostraba un marcado sexismo (aunque matice estas cuestiones). Pero tampoco duda a la hora de poner en valor a una serie de bandas, discos y canciones que merecen, al menos, un mínimo reconocimiento.

Pero lo verdaderamente importante de este tratado filosófico-biográfico-ensayístico no es la crítica o la alabanza. No importa que no te gusten los grupos de los que habla. Ni siquiera hace falta que los conozcas, porque aquí lo importante es el sentido del humor. Y es que Fargo Rock City es, sobretodo, una obra divertida, y Chuck Klosterman, el mejor cronista de cultura popular que se puede leer hoy en día (una pena que no haya una figura ni remotamente parecida a la suya por estos lares).

Me es imposible resumir todas las cuestiones que aborda Fargo, porque es algo así como un cajón desastre de ideas, anécdotas y apuntes sociológicos. Todo lo que diga es poco, porque aquí se habla de prejuicios, de la música que te avergüenza reconocer que te gusta pero adoras en secreto, de porqué hay grupos y canciones que, sin ser metal, son aceptadas por los metaleros, o de cuál es la diferencia (si es que la hay) entre rock duro y heavy metal.

El Axl Rose joven reina en las páginas de Fargo. Del otro no se habla.

El autor entra también en temas más personales, empezando por sus primeros bailes de instituto, para después confesar un incipiente alcoholismo y terminar reconociendo lo mucho que le avergüenza que sus colegas de profesión hurguen en su colección de discos y se encuentren con alguno de Poison.

Pero no solo hay hair metal en Fargo: también se habla de todos los estilos con los que compartió época (el trash de Metallica o Slayer, que jugaban a la contra en cuestión de imagen y actitud) y de la supuesta profundidad del grunge que, con Nirvana a la cabeza, llegó para asestarle su golpe mortal (aunque esa profundidad también sea desmitificada en el texto). En definitiva, una delicia de libro que debería leer cualquiera que tenga un mínimo de alma metalera.

 

josebosch

Author josebosch

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Join the discussion 2 Comments

  • Super Satan says:

    Hay que tenerlos blindados para ponerse una camiseta de los Twisted Sister de manera consciente.
    Heavy pop creo que es la mejor definicion del genero. Gracias por la reseña, lo malo es que me hará leerlo.

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