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Ha pasado una década desde que Duff McKagan, bajista y compositor de la formación clásica de Guns and roses, publicara sus memorias, que ahora por fin llegan traducidas al castellano de la mano de Libros Cúpula, editorial que se encargó hace unos meses de traernos la autobiografía de otro ilustre bajista, Flea de los Red Hot Chili Peppers (reseña aquí).  Quizá sea un lapso de tiempo demasiado grande, porque la vida del protagonista ha dado algún que otro giro en estos diez años que le separan de su escritura. Sin duda, el más importante, su vuelta a la banda que le dio popularidad. Pero vayamos por partes.

El autor en sus años mozos.

El fenómeno Guns´n´roses explotó allá por el año 87 a raíz de la publicación de su primer álbum Apettite for destruction. Cinco jóvenes llegados de diferentes partes de los Estados Unidos se encontraron en Los Ángeles y mezclaron su talento y diferentes influencias musicales para crear una personal apuesta sonora que no tardó en llenar estadios y copar los primeros puestos de las listas de éxitos. A Apettite le siguieron el mini Lp Lies y los Use your illusion, dos discos dobles publicados simultáneamente en los que sacaron toda su creatividad, incluyendo temas que no habían entrado en su primer disco, nuevas composiciones y versiones de Bob Dylan o Paul McCartney. Su fama fue en ascenso y para presentar los Illusions se embarcaron en una gira mastodóntica de tres años con escenarios gigantescos a la que incorporaron teclistas, coristas y secciones de viento, lo cual convirtió a la banda en un monstruo difícil de manejar para los propios miembros, que se vieron superados por la fama y los excesos. Tampoco ayudó la personalidad megalómana de Axl Rose, quizá su toque distintivo (en cuanto a genio y carisma) pero también su condena.

Probablemente la última gran banda de rock. Los que vinieron después han sido bastante más modositos.

Duff era originario de Seattle, donde el germen del fenómeno grunge estaba demasiado en ciernes como para ver probabilidades de ganarse la vida con la música, así que decidió mudarse a Los Ángeles, donde encontró a Slash, Izzy, Steven y Axl. La primera aventura de los Guns la propició Duff, al ofrecerles un concierto en su ciudad natal. Sin pensárselo demasiado, se fueron en coche hacia allí, pero se les estropeó a mitad de camino y tuvieron que recorrer cientos de kilómetros cargados con sus instrumentos haciendo autoestop, una odisea que sembró el sentimiento de hermandad entre la banda, algo que, según cuenta el autor, no duró mucho. Para Duff, la verdadera vida de los Guns solo duró un par de años. El resto (la gira de los Illusions) solo consistió en el arrastre de un grupo descompuesto y sin comunicación interna que él vivió en una nube de alcohol y cocaína.

Eran la banda más grande del planeta, pero no había banda.

Axl solía presentar a Duff en los conciertos como “el rey de la cerveza” (la Duff que bebe Homer Simpson se debe a él). Sin duda, la capacidad del bajista para ingerir alcohol supera los límites de lo imaginable: afirma haberse bebido cuatro botellas de vodka diarias durante aquella gira. Después, en un arranque de mala conciencia, decidió pasarse a algo más suave y apostó por el vino. El problema fue que aumentó la dosis a un total de diez botellas al día, atemperadas con generosas dosis de cocaína.

El bueno de Duff en horas bajas.

Cualquier ser humano habría muerto con semejante dieta, y Duff no fue una excepción: su páncreas se desgarró y tuvo que pasar algunas semanas en el hospital rodeado de tubos. Aquello fue el toque de atención que necesitaba: aunque había intentado dejar sus adicciones al ver su estado insalubre, no había tenido la fuerza de voluntad suficiente. Y a partir de ahí llegó su resurrección, y el verdadero tema de este libro, porque It´s so easy es una historia de superación, el drama de quien ha caído y se levanta desde abajo.

Duff en la actualidad.

Sorprende leer la dureza con la que el autor se trata a sí mismo al relatar sus años de excesos. No hay ni un mínimo de autocomplacencia, nada de “era joven, tenía éxito y tocaba hacer eso”. Un profundo sentimiento de culpa sobrevuela por las páginas de estas memorias, pero también una fortaleza envidiable: después de su hospitalización, superó todas sus adicciones sin pisar una clínica de desintoxicación, con la única ayuda de su fuerza de voluntad, su bicicleta, las artes marciales, un renovado amor por la literatura y su nueva vida familiar. Abandonó a un enloquecido Axl (fue el último miembro original en hacerlo) y se centró en sus proyectos paralelos: Neurotic Outsiders, Loaded, y finalmente los Velvet Revolver junto a Slash y Matt Sorum, en donde tuvo que lidiar con otro cantante problemático por sus adicciones, el fallecido Scott Weiland.

Weiland no era Axl, pero también se las traía.

Pero no todo son historias de desintoxicación. Por supuesto, también hay abundante material sobre la formación, ascenso y caída en la locura de los Guns. La expulsión de Steven Adler por consumo de drogas y la posterior demanda del batería (en la que aducía, con bastante razón, que todos en la banda se drogaban), los incidentes de St. Louis y su accidentada gira con Metallica, y, cómo no, los retrasos de Axl: el vocalista podía no aparecer por el recinto hasta tres y cuatro horas después del supuesto comienzo del show, exasperando al público, organizadores y sus propios compañeros de banda, que, impotentes, se dedicaban a emborracharse para soportar la espera. Es en este punto, en lo que respecta a Axl Rose, donde esta biografía traza paralelismos y divergencias con la de Slash.

Publicada en 2010 por EsPop Ediciones (editorial dedicada a la traducción de la que hemos reseñado algunas publicaciones aquí y aquí), la biografía del guitarrista es, quizá, un poco menos personal. Al contrario que la de Duff, no está escrita de su puño y letra, sino que contó con el escritor Anthony Bozza para dar forma a sus recuerdos. Aún así, es igual de imprescindible para cualquier seguidor de los Guns o de la literatura rockera. Slash también habla aquí de sus adicciones (en su caso la heroína) pero no le da la misma trascendencia que Duff. Ya rehabilitado tras un susto de muerte (un paro cardiaco), el guitarrista reflexiona sobre sus días en la banda más popular del mundo, y, cómo no, es Axl quien acapara el protagonismo de esa experiencia.

¿Estáis hablando de mi?

Tanto a Duff como a Slash les irritaba la megalomanía de su vocalista, que en un momento dado se rodeó de guardaespaldas y mánager para controlar todo lo que tuviera que ver con Guns and Roses. A través de su abogado, justo antes de un concierto que ya se retrasaba, les obligó a firmar un contrato en el que le cedían el nombre de la banda. Si no lo hacían, Axl no saldría al escenario. Probablemente, el cantante pensó que sus compañeros estaban tan perjudicados por las drogas y el alcohol que no tardarían en morir y no quería batallas legales con sus familiares, pero desde luego no fueron maneras de pedirlo…

Y con respecto a los retrasos a la hora de salir a tocar, Duff y Slash se muestran igual de impotentes. Es curioso que ninguno de los dos se atreviera nunca a plantarle cara, a exponerle la falta de respeto que estaba cometiendo con ellos. Duff argumenta en su defensa que no podía reprocharle nada a nadie, porque él mismo estaba hecho un asco como persona y su actitud tampoco era la correcta, aunque más bien parece un miedo irracional a irritar el imprevisible carácter de Rose.

Me estoy enfadando…

Sea como fuere, es con respecto a Axl donde se muestran las mayores divergencias en los textos de Duff y Slash. Mientras que el guitarrista le lanza todo tipo de reproches y se muestra bastante indignado con el desastre al que llevó a la banda, Duff tiene una actitud mucho más relajada, destacando en todo momento lo que admira de Rose por encima de lo que le exaspera. No le cabe duda de que se trata de un genio, y los genios no suelen ser los mejores compañeros. De hecho, en los agradecimientos finales le dedica a Axl estas palabras: “gracias por soportar tantas cosas y ser mi amigo en los malos momentos”. Es curioso que a Slash, con quien en teoría tiene más cercanía (su relación nunca se agrió y han compartido dos grupos) le dedica un escueto “gracias por ser una inspiración musical”. La confianza, que da asco.

Hay que tener en cuenta que ambas biografías fueron escritas muchos años antes de la vuelta al grupo en 2016, un regreso a medias de la formación original, ya que no se sumó Izzy y Steven Adler no fue convocado, y que (parece) el fin de las hostilidades entre Axl y Slash. Habría sido interesante que los autores de ambas memorias añadieran lo que supuso el regreso a casa.

Amiguis para siempre.

Sería interesante también que Axl escribiera su propia biografía, aunque nunca se sabe muy bien lo que pasa por la cabeza de este hombre y su relato podría ser un delirio que ni el Mein Kampf. Pero si la escribe, la leeremos. De momento nos quedamos con estas dos, a la espera de que se traduzca la de Matt Sorum, que les acompañó en la gira de los Illusions, además de ser batería de otras formaciones interesantes y sin bibliografía como The Cult. Y también estamos a la espera de la publicación de “El crimen perfecto”, la primera biografía del grupo escrita en castellano a cargo de Anchel Solana con la colaboración de periodistas y músicos como Igor Paskual o Juan Valdivia. ¡Larga vida a los Guns!

 

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