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Las drogas y la literatura han tenido una relación estrecha a lo largo de la historia. Es sabido que muchos de los grandes escritores eran consumidores de algún tipo de sustancia como estímulo para  su creatividad. Dickens, Kipling, Brontë o Malraux tomaban opio, mientras que Balzac, Dumas o Gautier frecuentaban el «Club dels Hachichins», un grupo dedicado al estudio de las drogas, principalmente el hachís. Otros han descrito sus experiencias y relatado con detalle su adicción, como Burroughs en «Yonki».

Oscar Wilde decidiendo entre escribir otro párrafo o irse a dormir.

Tom Wolfe, autor de «Ponche de ácido lisérgico», no tomaba drogas, pero se propuso documentar los efectos del LSD en esta obra a la que él mismo acuñó como Nuevo Periodismo, una corriente caracterizada por una redacción libre que priorizaba las emociones y las imágenes de sensaciones.

Tom Wolfe.

Lo que el libro describe son las peripecias del grupo formado por Ken Kesey (autor de «Alguien voló sobre el nido del cuco») al que denominó «Los alegres bromistas», una pandilla de colgados del ácido que se dedicó a recorrer los EEUU de costa a costa a bordo de un autobús escolar pintarrajeado con colores florescentes para predicar las bondades del LSD.

Hacen algunos altos en el camino para efectuar las «pruebas del ácido», eventos multitudinarios para experimentar con la música, las luces, los sonidos y, por supuesto, el LSD, que en aquel momento aún no se había ilegalizado. A pesar de ello, el autobús y lo que conllevaba suponía un choque entre las mentalidades de la América conservadora y un movimiento hippie en ciernes, que puso a Kessey en el punto de mira de la policía, terminando con su detención y encarcelamiento por posesión de marihuana.

Ken Kesey explicando sin éxito que él no ha tomado nada de nada.

Por supuesto, la narración da pie a todo tipo de anécdotas, como un encuentro frustrado con los Beatles, que más tarde copiarían la idea del autobús en «Magical Mystery Tour», la participación de los Grateful Dead en una de sus «pruebas del ácido», o su inesperada comunión con los Ángeles del Infierno, un colectivo no precisamente conocido por su amistad con los hippies.

Pero Wolfe también retrata el lado oscuro del autobús, mostrando su carácter de secta organizada alrededor de la figura de Kesey, a pesar de que, en la teoría, allí nadie era más que nadie. También hace hincapié en la poca preocupación que los miembros del grupo sienten hacia quien se baja del autobús por los daños mentales causados por el LSD: «o estás en el autobús o estás fuera del autobús» es su lema, llevado hasta las últimas consecuencias.

No era un autobús de la Cruz Roja.

A pesar de que Tom Wolfe escribió el libro después de los acontecimientos narrados, intentó empaparse al máximo de lo sucedido, entrevistando a todos los protagonistas durante un año, viendo todos sus vídeos y escuchando todas sus grabaciones (registraban todo lo que les iba sucediendo con el propósito de hacer una película que nunca llegó a ver la luz) para alcanzar un relato verídico del que parece formar parte.

Captó a la perfección el estado mental de los bromistas, sus paranoias y alucinaciones, con una prosa entrecortada en la que se mezclan una narración objetiva con monólogos interiores, letras de canciones y poemas y una descripción detallada de los aspectos sensoriales de la aventura. Ese es su mayor logro y a la vez su mayor handicap, pues el texto puede hacerse complicado y farragoso en ocasiones. No es fácil leer a una mente empapada en ácido, más aún cuando no hay una trama o hilo narrativo claro y definido. No es un libro que recomendaría a cualquiera, pero resulta interesante por el reflejo que ofrece de una época muy concreta. Al igual que la droga, hay que tomarlo en pequeñas dosis para que no se te vaya demasiado la cabeza.

Los directores Alex Gibney y Allison Ellwood consiguieron todas las grabaciones de aquel viaje, guardadas en el rancho de Kesey, y las sacaron a la luz en el documental «Magic Trip» (ver aquí) un complemento visual perfecto para este ponche literario.

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