Nos hemos acostumbrado a que el mensaje de una banda sea algo accesorio, escondido detrás de la imagen, la producción o la originalidad en la difusión en redes. No es el caso de Biznaga. Si bien su propuesta musical se puede encuadrar dentro del punk-rock, lo que ha llamado la atención desde un principio ha sido su lírica, cuidada hasta el extremo y tan original como contundente. Para hablar de esa faceta, charlamos con Jorge, bajista y letrista del grupo.
He de reconocer que he descubierto a Biznaga bastante tarde, a raíz de Bremen no existe. Lo que más me llama la atención es cómo los textos han ido ganando en claridad. ¿Cómo se ha desarrollado este proceso y por qué?
La depuración del estilo es parte del proceso. Al principio, la falta de experiencia te hace incurrir con frecuencia en cierto cripticismo. Buscas tu propia voz, una manera de expresar ideas o sentimientos complejos en parámetros rítmicos concretos. “Las brigadas enfadadas” salió instantes antes de cantarla; “Madrid nos pertenece” es una canción infinitamente más trabajada. Me considero un currante, un obrero. Después de diez años escribiendo, creo que he aprendido el oficio y ahora escribo mejores canciones que nunca.
A pesar del carácter reivindicativo de las letras, no aparecen “clásicos” del punk como los ataques a la Iglesia o al Ejército. ¿Son instituciones que han perdido el poder frente al mundo feliz que nos propone la tecnología?
Ni la Iglesia ni el Ejército son influencias de primer orden en la sociedad actual. Ni siquiera la política de partidos es lo que era hace 30 o 40 años. En todo caso podríamos hablar de sistemas, lógicas o marcos conceptuales que atraviesan todas las instituciones contemporáneas, incluidas las virtuales. En ese sentido, las pantallas son ventanas con cristal de espejo. El mundo que vemos ahí no es más que una simulación acelerada de lo que entendemos por realidad.
El descontento social que se plasma en Bremen no existe contrasta con la luminosidad de las melodías. ¿Hay esperanza todavía?
Por supuesto que sí. Hemos de mantener el entusiasmo si queremos que vivir tenga algún sentido. A veces nos obsesionamos con las grandes ideas cuya materialización parece compleja, y eso nos impide ver que a nivel “micro” podemos hacer también cosas importantes.
En Gran Pantalla hicisteis un disco conceptual sobre la tecnología. ¿Crees que hay alguna manera de salir de esa dinámica de dependencia de la gratificación inmediata?
Me parece poco probable que, en una época tan polarizada, hedonista y dependiente de la exposición, vayan a revertirse ciertas dinámicas que ya se han naturalizado y operan casi como un sentido común.
¿Crees en la canción protesta como una forma de cambiar la sociedad?
Creo en el potencial transformador de la música y su capacidad para operar en la conciencia de los individuos. La música puede cambiar vidas, pero conviene no proyectar cualidades revolucionarias intrínsecas a ella, porque podría provocar el efecto contrario y resultar castrante.
“Lecturas peligrosas a edades tempranas”, dice la letra de Los Cachorros. ¿Cuáles fueron las tuyas?
Cioran, por ejemplo...
¿Qué ensayos te han influido a la hora de encarar las letras de Bremen?
Fue determinante descubrir a Mark Fisher.
¿Cómo conjugas ese pesimismo de tus textos con el futuro prometedor del grupo?
Hago terapia con las canciones, es mi forma de sublimar la energía negativa transformándola en algo concreto. Es un vehículo creativo para la rabia y la frustración. Puede parecer paradójico, pero creo que necesito quejarme para ser feliz.
¿Hacia dónde irán las temáticas en los próximos trabajos?
Aún es pronto, pero las canciones de “Bremen no existe” serán un buen punto de partida, sin duda.
Muchas gracias, Jorge.
Un placer. Muchas gracias a ti, Pepe.