Hoy vamos a abordar un tema controvertido en estos tiempos absurdos: el género. El género es una propiedad gramatical de los sustantivos y algunos pronombres que tiene carácter inherente. Los sustantivos se clasifican en masculinos y femeninos. En la mayoría de los casos, cuando se trata de seres animados, el género sirve para diferenciar el sexo del referente.
El género del sustantivo determina la concordancia con adjetivos, cuantificadores o determinantes. Podemos ver en este ejemplo que nos proporcionan unos jovenzuelos (por aquel entonces) Duncan Dhu. El sustantivo ojos (masculino) marca la concordancia con el adjetivo (negros) y el determinante (esos). Si a Mikel Erentxun le hubiera dado por cantar a las pestañas de su amada, la cosa cambiaría, porque, efectivamente, habría que variar el género del adjetivo y el determinante para decir Esas pestañas negras, un título quizá no muy elegante que puede sugerir falta de higiene en las cuencas oculares.
Esta necesaria concordancia también se da en los adjetivos que funcionan como atributos. ¿Qué es un atributo? Pues es una función sintáctica que expresa una cualidad, estado o propiedad del sujeto en oraciones con verbos copulativos, que son, así a grandes rasgos, tres: ser, estar y parecer (otro día explicaremos mejor que es eso de los verbos copulativos, que hoy tenemos que ir a devolver una película al videoclub). De momento, nos quedamos disfrutando con los impagables Coz y una de las oraciones copulativas más famosas del rock español.
Podría pensarse que en construcciones como el águila, un hacha, el alma o ningún ave existe una discordancia, porque son adjetivos femeninos con un determinante masculino, pero hay truco. Cuando el sustantivo femenino comienza con una a tónica, el artículo femenino presenta la variante el (que aunque parezca masculino, es eso, una variante del femenino), al igual que el artículo indeterminado un y los cuantificadores algún y ningún. Porque sí. Porque quedaría muy feo decir Te voy a reventar la cabeza con una hacha.
Pero ojo, no nos pasemos de listos. Esto solo vale para el, un, algún y ningún, así que no vayamos diciendo por ahí este arma, el primer aula o poco agua, que ahí no sirve. Para acordarnos de esta norma, nada mejor que memorizar este cante de Porrina de Badajoz, aunque no podemos evitar que la ausencia de tilde en águila nos genere cierta inquietud.
Nos ha venido a la cabeza ese primer verso de las Coplas a la muerte de mi padre de Jorge Manrique.
Recuerde el alma dormida
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida
cómo se viene la muerte
tan callando.
Un poema que recomendamos recuperar a aquellos que lo guardan únicamente como un árido recuerdo de los tiempos estudiantiles, porque su sencillez expresiva consigue que cinco siglos después (contando a ojo de buen cubero) no solo sea digerible sino emocionante. Y moderno. Le quitas cuatro arcaísmos y te pasa por poema de Instagram.

Aunque la mayoría de las veces los sustantivos acabados en -a son femeninos (casa, silla, fiesta, amapola) y masculinos los acabados en -o (rayo, puerto, fuego, lobo), podemos encontrar muchos casos inversos. Por ejemplo, son masculinos clima, día, aroma, cisma o dogma. Los femeninos acabados en -o se forman por tres procesos lingüisticos: el acortamiento léxico o apócope (motocicleta/moto, fotografía/foto), la evolución funcional de profesiones o roles (la soprano, la modelo) o la etimología grecolatina, de la que proceden la libido, nao (arcaísmo de nave) o la palabra que funcionaba como sujeto en el título de esta película que aterrorizó a todas las madres en los noventa.

Los sustantivos acabados en otras vocales o en consonante pueden ser masculinos (diente, espíritu, césped, amor) o femeninos (flor, tribu, vocal, fuente).
Las terminaciones -o y -a en objetos inanimados pueden señalar diferencias léxicas no ligadas al sexo, sino al tamaño o la forma de las cosas. Por ejemplo, bolso y bolsa, cesto y cesta, huerto y huerta o jarro y jarra. También señalan la diferencia que se establece entre un árbol y su fruto, como cerezo y cereza, camelio y camelia o almendro y almendra. Qué hubiera sido de nuestras navidades sin esta combinación...

Cuando el género de los sustantivos sirve para diferenciar el sexo de los seres designados, nos encontramos con el curioso caso de los heterónimos. Los heterónimos son aquellos que para designar el sexo del referente parten de raices completamente distintas, como por ejemplo hombre/mujer, yerno/nuera, carnero/oveja, toro/vaca.
Pregunta fácil: ¿Cuál sería el heterónimo de esta yegua brava que con tanto salero tomaron Los Perlas del repertorio de Los Chunguitos? Por cierto, ¿sería Azúcar Moreno el heterónimo de Los Chunguitos?
Seguro que has acertado. El heterónimo de yegua es caballo. Pero no un caballo cualquiera. Hablamos ni más ni menos que de un caballo homosexual de las montañas. Una canción que no nos hemos podido quitar de la cabeza desde que la conocimos y que, ahora nos enteramos, ha sido todo un fenómeno viral en TikTok, red social que, por lo que sea, no solemos frecuentar. La letra, desde luego (un caballo que causa temor en el resto de los animales), no tiene desperdicio. Creada como una broma, el tono épico de la melodía genera un contraste curioso cuando menos. Lo que no sabemos el si el caballo ha denunciado al autor por revelación de secretos íntimos.