El suicidio sigue siendo un tema tabú en nuestra sociedad actual, pese a que en la Antigüedad se practicara con una cierta desinhibición. Para despedirse de sus allegados, el filósofo Séneca organizó un banquete que culminó, ya en la intimidad de su bañera, ingiriendo cicuta y cortándose las venas. No fue el único. Petronio, Nerón, Marco Antonio y Cleopatra o Aníbal Barca acabaron con sus propias vidas de maneras más o menos ceremoniosas y a la vista de terceros.
El suicidio de Ian Curtis a la temprana edad de veintitrés años es el misterio que intenta desentrañar "Una luz abrasadora, el sol y todo lo demás" (Reservoir Books, 2020). La trayectoria de Joy Division quedó marcada por el abrupto final de su vocalista, que se ahorcó en su casa el 18 de mayo de 1980, un día antes de que la banda se dispusiera a volar a Estados Unidos para hacer su primera gira por aquel país, hecho que les habría supuesto el salto a la fama mundial después de alcanzar la popularidad en su Inglaterra natal. No es que el tema de su muerte esté presente en cada una de las intervenciones que conforman esta biografía oral, en la que participan sus compañeros y la gente que orbitaba alrededor de la banda, pero sí que adquiere protagonismo la principal causa que le llevó a tomar tan drástica decisión: la epilepsia.
Más o menos en la mitad de su corta carrera (apenas tres años), Curtis comenzó a sufrir ataques cada vez más frecuentes, a veces incluso encima de los escenarios. Una especie de profecía autocumplida, porque sus peculiares movimientos en escena, mucho antes de que la enfermedad empezara a manifestarse, parecían una especie de ataque epiléptico. De hecho, a veces una cosa se confundió con la otra y su propia banda no sabía si el cantante había entrado en éxtasis o necesitaba una ambulancia.
Tampoco ayudó su situación sentimental: casado desde muy joven y con una hija, su matrimonio estaba en crisis y se había enamorado de otra mujer. Incapaz de decidirse y afectado por la medicación, su depresión fue en aumento a la vez que crecía la presión alrededor de unos Joy Division que cada vez se hacían más grandes. Resulta difícil imaginar a un Kurt Cobain con cincuenta años: si Nirvana siguiera en activo es posible que hubieran sacado algún disco mediocre, o su fama habría tenido altibajos, pero lo que es seguro es que no veríamos la cara de Cobain en miles de camisetas como icono generacional. Su figura y obra están ligadas a su temprana muerte, algo similar a lo que ocurre con Ian Curtis y Joy Division: es imposible escuchar su oscura música y no pensar en lo trágica que resultó su historia, que culminó con un segundo disco ("Closer") publicado dos semanas después del fallecimiento de Curtis y para el que ya habían elegido meses antes una portada de tintes fúnebres, en lo que es, sin duda, el lanzamiento discográfico más macabro de la historia del rock.